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El gran ejemplo de obediencia de Abrahán, 17 de febrero
El gran ejemplo de obediencia de Abrahán, 17 de febrero
En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste mi voz. Génesis 22:18. {SSJ 54.1}
En el monte Moria, Dios renovó su pacto con Abraham y confirmó con un solemne juramento la bendición que le había prometido a él y a su simiente por todas las generaciones futuras. “Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar”. Génesis 22:16, 17... {SSJ 54.2}
El gran acto de fe de Abraham descuella como un fanal de luz que ilumina el sendero de los siervos de Dios en las edades siguientes. Abraham no buscó excusas para no hacer la voluntad de Dios. Durante aquel viaje de tres días tuvo tiempo suficiente para razonar, y para dudar de Dios si hubiera estado inclinado a hacerlo... Abraham era humano, y sus pasiones y sus inclinaciones eran como las nuestras; pero no se detuvo a inquirir cómo se cumpliría la promesa si Isaac muriera. No se detuvo a discutir con su dolorido corazón. Sabía que Dios es justo y recto en todos sus requerimientos, y obedeció el mandato al pie de la letra. {SSJ 54.3}
Fue para grabar en Abraham la realidad del evangelio, así como para probar su fe, por lo que Dios le mandó sacrificar a su hijo. La agonía que sufrió durante los aciagos días de aquella terrible prueba fue permitida para que comprendiera por su propia experiencia algo de la grandeza del sacrificio hecho por el Dios infinito en favor de la redención de la humanidad. Ninguna otra prueba podría haber causado a Abraham tanta angustia como la que le causó el ofrecer a su hijo... ¿Qué mayor prueba se puede dar del infinito amor y de la compasión de Dios? “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” Romanos 8:32.—Historia de los Patriarcas y Profetas, 132. {SSJ 54.4}
Limpiando la casa, 17 de febrero
Limpiando la casa, 17 de febrero
Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto
dentro de mí. Salmos
51:10. {RP 58.1}
“Crea en mí un corazón limpio”. Este es un buen comienzo, dado que el
verdadero carácter cristiano tiene su fundamento en los hechos que nacen en el
corazón. Si todos, feligreses y ministros, estudiaran sus corazones con el fin
de descubrir si es que están, o no, en armonía con Dios, veríamos mayores
resultados en las labores que realizamos. Cuanto más importante, y de mayor
responsabilidad sea la obra, mayor será la necesidad de tener un corazón
limpio. Esta gracia imprescindible se provee para que el poder del Espíritu
Santo apoye cada esfuerzo que haga el creyente tendiente a lograr ese
propósito. {RP 58.2}
Si cada criatura buscara a Dios en forma diligente, habría mayor
crecimiento en la gracia y cesarían las disensiones. Los creyentes serían de
una mente y un corazón, y la pureza y el amor prevalecerían en la iglesia.
Somos transformados por la contemplación. Cuando más consideremos el carácter
de Cristo, mejor reproduciremos su imagen. Ven a Jesús así como eres y él te
recibirá, y pondrá una nueva melodía en tus labios para que puedas alabar
constantemente a Dios. {RP 58.3}
“No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu”. Salmos
51:11. Tanto el arrepentimiento como el perdón son dones de Dios que recibimos
por medio de Cristo. Gracias a la influencia del Espíritu Santo somos
convencidos de pecado y sentimos la necesidad de perdón. Siendo que la gracia
de Dios es la que produce contrición, ninguno es perdonado a no ser por la
gracia del Señor que contrita el corazón. Puesto que conoce nuestras
debilidades y flaquezas, Dios está dispuesto a ayudarnos. El oye la oración de
fe; sin embargo, la sinceridad de la plegaria únicamente puede demostrarse si
hay un real esfuerzo personal de vivir en armonía con la gran norma que prueba
el carácter de cada persona. {RP 58.4}
Necesitamos abrir nuestros corazones a la influencia del Espíritu y a la
experiencia de su poder transformador. La razón por la cual el creyente no
recibe más de la asistencia salvadora de Dios, se debe a que el canal de
comunicación entre él y el cielo está obstruido con asuntos mundanos, y porque
prima el amor a la ostentación y el deseo de supremacía. Mientras algunos se
adaptan más y más a las costumbres de este mundo, nosotros deberíamos amoldar
nuestras vidas al modelo divino. Cuando seamos fieles al pacto, Dios restaurará
la alegría de la salvación, y nos sostendrá mediante su Espíritu libre.—The
Review and Herald, 24 de junio de 1884. {RP 58.5}