![]() | “Entonces le dijo Pilato: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte? Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene”. Juan 19:10, 11. |
Ante el asiento judicial Cristo estaba atado como un prisionero. El juez lo miró con suspicacia y severidad. El pueblo se estaba reuniendo apresuradamente. Y a medida que los cargos contra él se iban leyendo, los espectadores asumían posiciones, favorables o contrarias. {CT 272.2}
“Se dice el rey de los judíos”. “Se niega a dar tributo a César”. “Se hace a sí mismo igual a Dios”... {CT 272.3}
Pilato estaba convencido de que no había ninguna evidencia sostenible de la culpabilidad de Cristo. No obstante, sacerdotes y gobernantes lo inculpaban de blasfemia. Pero los judíos actuaban bajo la inspiración de Satanás al igual que Caín y otros tantos asesinos que estuvieron decididos a destruir vidas antes que a salvarlas. “Pero éstos porfiaban, diciendo: Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí”. {CT 272.4}
Aquí Pilato vislumbró una oportunidad en la que podía librarse por completo del juicio de Cristo. Percibió en forma clara que los judíos habían entregado a Cristo movidos por la envidia... “Y al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que en aquellos días también estaba en Jerusalén”. {CT 272.5}
Este era el mismo Herodes que había manchado sus manos con la sangre de Juan. “Herodes, viendo a Jesús, se alegró mucho, porque hacía tiempo que deseaba verle; porque había oído muchas cosas acerca de él, y esperaba verle hacer alguna señal”... {CT 272.6}
La obra y la misión de Cristo en este mundo no habrían de gratificar la ociosa curiosidad de príncipes, gobernantes, escribas, sacerdotes o campesinos. El vino a sanar al quebrantado de corazón... Si Cristo hubiera pronunciado alguna palabra a fin de sanar a las almas magulladas por la enfermedad del pecado, no habría guardado silencio. Pero, él había enseñado a sus discípulos que las preciosas gemas de verdad no debían arrojarse a los cerdos. Su porte y su silencio ante Herodes hicieron su silencio mucho más elocuente. {CT 272.7}
El pueblo judío había esperado por mucho tiempo un Mesías que condenara el poder que los mantenía cautivos. Y buscaron que el Príncipe de la vida, el Único que podía librarlos de su cautividad, pronunciase esa condenación.—Manuscrito 112, 1897. {CT 272.8}

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