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El espíritu de sumisión


El espíritu de sumisión, 23 de marzo

Orad sin cesar. 1 Tesalonicenses 5:17. ELC 91.1
Orad a menudo a vuestro Padre celestial. Cuanto más a menudo os dediquéis a la oración, tanto más cerca será llevada vuestra alma dentro de la sagrada proximidad de Dios. El Espíritu Santo intercederá en favor del que ora con sinceridad con gemidos que no pueden ser expresados con palabras, y el corazón será ablandado y subyugado por el amor de Dios. Las nubes y sombras que Satanás echa sobre el alma serán disipadas por los brillantes rayos del Sol de Justicia y las cámaras de la mente y del corazón serán alumbradas por la luz del Cielo. ELC 91.2
No os desaniméis si parece que vuestras oraciones no obtienen una respuesta inmediata. El Señor ve que la oración está mezclada a menudo con mundanalidad. Los hombres oran por aquello que satisfará sus deseos egoístas, y el Señor no cumple sus pedidos en la manera que ellos esperan. Los pone a prueba, los lleva a través de humillaciones hasta que vean más claramente cuáles son sus necesidades. No da a los hombres aquellas cosas que complacerán un apetito pervertido y que resultarían en prejuicio del agente humano, llevándolo a deshonrar a Dios. No da a los hombres aquello que complacerá su ambición y obrará simplemente la autoexaltación. Cuando acudimos a Dios debemos estar dispuestos a someternos y a ser contritos de corazón, subordinándolo todo a su santa voluntad. ELC 91.3
En el Getsemaní, Cristo oró a su Padre diciendo: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa”. Mateo 26:39. La copa que pidió que fuese pasada de él, que parecía tan amarga a su alma, era la copa de la separación de Dios a consecuencia del pecado del mundo... “Pero no sea como yo quiero, sino como tú”. Mateo 26:39. El espíritu de sumisión que Cristo manifestó al ofrecer su oración delante de Dios, es el espíritu que es aceptable para con Dios. Que el alma sienta su necesidad, su impotencia, su insignificancia; sean dedicadas todas sus energías en un ferviente deseo de conseguir ayuda, y la ayuda vendrá.—The Review and Herald, 19 de noviembre de 1895. 

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