![]() | “Vinieron, pues, a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que yo oro”. Marcos 14:32. |
Jesús dejó a sus discípulos, rogándoles que oraran por ellos mismos y por él. Acompañado de Pedro, Santiago y Juan, entró en los lugares más retirados del huerto. Estos tres discípulos eran los que habían contemplado su gloria en el monte de la transfiguración; habían visto a Moisés y Elías conversar con él; y ahora también Cristo deseaba su presencia inmediata. Y él comenzó a “entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo”. {CT 268.2}
Cristo manifestaba su anhelo de humana simpatía y alejándose de ellos cayó sobre una roca y alzando sus ojos, oró, diciendo: “Padre mío, si es posible, pase de mí este vaso; empero no como yo quiero, sino como tú”. {CT 268.3}
En la suprema agonía de su alma, vino a sus discípulos con un anhelante deseo de estar en compañía del afecto humano. Pero se desilusionó; ellos no le brindarían el esperado socorro... {CT 268.4}
¡Oíd la agonizante plegaria de Cristo en el Huerto de Getsemaní! En tanto los discípulos dormían esparcidos debajo de los olivos, el Hijo del Hombre, un varón de dolores y experimentado en quebranto, se hallaba postrado en la fría tierra. A medida que el sentimiento de agonía se posaba en su alma, grandes gotas de sudor y sangre brotaron de sus poros humedeciendo el césped del Getsemaní... {CT 268.5}
Allí fue donde la copa misteriosa tembló en su mano. Allí el destino de un mundo perdido pendía en la balanza. ¿Enjugaría las gotas de sangre de sus cejas y arrancaría de su alma la culpa de un mundo desfalleciente, que había sido puesta sobre él? Siendo él inocente, ¿merecía recibir todo el peso de una ley justa? {CT 268.6}
La separación de su Padre, el castigo por la transgresión y el pecado, debía caer sobre él a fin de magnificar la ley de Dios y testificar de su inmutabilidad. Y esto terminaría para siempre la controversia entre el Príncipe de Dios y Satanás con respecto al carácter inmutable de esa ley. {CT 268.7}
La Majestad del cielo estaba abrumada de agonía. Ningún ser humano hubiera soportado un padecimiento semejante; pero Cristo había considerado esa lucha. Les había dicho a sus discípulos: “De un bautismo tengo que ser bautizado; y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla!” “¡Mas esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas!”—Manuscrito 42, 1897. {CT 268.8}

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