![]() | Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. 1 Juan 2:1. |
Cuando seamos tentados a pecar, recordemos que Jesús está intercediendo por nosotros en el santuario celestial. Cuando abandonamos nuestros pecados y venimos a él con fe, toma nuestros nombres en sus labios, y los presenta a su Padre diciendo: “Los tengo esculpidos en las palmas de mis manos; los conozco por nombre”. Y la orden sale a los ángeles para protegerlos. Luego en el día de terrible prueba dirá: “Anda, pueblo mío, entra en tus aposentos, cierra tras ti tus puertas; escóndete un poquito, por un momento, en tanto que pasa la indignación”. Isaías 26:20. ¿Cuáles son los aposentos en los que han de esconderse? Son la protección de Cristo y de los santos ángeles. El pueblo de Dios no está en ese tiempo todo en un solo lugar. Están en diferentes grupos y en todas las partes de la tierra; y ellos serán probados individualmente, no en grupos. Cada uno tiene que soportar la prueba por sí mismo. {ELC 266.2}
Nunca hubo un tiempo cuando el pueblo de Dios haya tenido mayor necesidad de reclamar sus promesas como ahora. Atraviese la mano de la fe la oscuridad y aférrese al brazo de poder infinito. Mientras hablamos de la necesidad de separarnos del pecado, recordemos que Cristo vino a nuestro mundo a salvar pecadores, y que “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios”. Hebreos 7:25. Es nuestro privilegio creer que su sangre es capaz de limpiarnos de todo borrón y mancha de pecado... {ELC 266.3}
Si caéis en tentación, no os desaniméis. Esta promesa viene resonando hasta nuestros días: “Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”. Por esta sola promesa, un continuo canto de gratitud debiera salir de los labios de los mortales.—The Review and Herald, 19 de noviembre de 1908. {ELC 266.4}

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