![]() | Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Lucas 18:13. |
Deberíamos estar a menudo en oración. El derramamiento del Espíritu Santo vino en respuesta a la oración ferviente. Noten este hecho en relación con los discípulos. El registro dice: “Estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo”. Hechos 2:1-4. {RP 291.2}
No estaban reunidos para relatar chismes escandalosos, ni para exponer cada mancha que pudieran encontrar en el carácter de un hermano. Sentían su necesidad espiritual, y clamaron al Señor por la santa unción que los ayudaría a vencer sus propias debilidades, con el propósito de prepararlos para la obra de salvar a otros. Oraron con intenso fervor pidiendo que el amor de Cristo fuera derramado en sus corazones. {RP 291.3}
Esta es hoy la gran necesidad en cada iglesia del planeta. Porque “si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. 2 Corintios 5:17. Lo que es objetable en el carácter es eliminado por el amor de Jesús. Todo egoísmo es expulsado, toda envidia, toda maledicencia es arrancada de raíz, y se opera una transformación radical en el corazón. “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley”. Gálatas 5:22, 23. “Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz”. Santiago 3:18. {RP 291.4}
Pablo dice que “en cuanto a la ley”—en lo que respecta a actos externos—era “irreprensible”; pero cuando discernió el carácter espiritual de la ley, y se miró en el santo espejo, se vio a sí mismo como pecador. Juzgado por una norma humana, era sin pecado; pero cuando miró en las profundidades de la ley de Dios, y se vio a sí mismo como Dios lo veía, se inclinó humildemente y confesó su culpa.—The Review and Herald, 22 de julio de 1890. {RP 291.5}

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